Cuando no quieras sentir.

martes, 10 de diciembre de 2013


Me conmovieron los ojos de ella porque en vez de comprenderla me sentí comprendida. Yo me sentía igual, como si tuviera las mismas primaveras encima y toda experiencia que haya tenido o cuanta lección haya aprendido en ese exacto momento no servían de nada. Las palabras que escuché de su boca me movieron el cielo y la tierra. Escribo en su lugar porque está devastada, no quiere cerrar los ojos, me explica que su realidad es infinitamente gris por intentar decirlo de alguna forma, no quiere comer y me pregunta constantemente que pasará ahora. Me duele en el alma no poder darle una respuesta certera y me pide un cigarrillo y otra canción. Piensa que el hombre que la alumbra no la tiene en cuenta. Me inspira melancolía, porque veo sus ojos y no están acá, no puede concentrarse en nada concreto, no escucha, ni siquiera guarda la invencible manía de morder sus uñas. La miro nuevamente y sigue estando ida, volada en algún lugar que conozco pero donde no me atrevo a acompañarla. Imagino su pasado y noto un gran cambio, su sonrisa no es la misma, ahora es sólo un disfraz. Nadie la va a entender, por eso ya no habla del tema, además es consciente de que no tiene solución. La veo y sé lo que piensa, como si fuera yo misma la que estuviera sintiendo.

lunes, 9 de diciembre de 2013

domingo, 8 de diciembre de 2013

- Soy un puto mundo, un puto mundo aparte, me la suda quien me odia y quien esta de mi parte. :)


Qué fácil callar, ser serena y objetiva con los seres que no me interesan verdaderamente, a cuyo amor o amistad no aspiro. Soy entonces calma, cautelosa, perfecta dueña de mí misma. Pero con los poquísimos seres que me interesan… Allí está la cuestión absurda: soy una convulsión. De allí proviene mi imposibilidad absoluta para sustentar mi amistad con alguien mediante una comunicación profunda y armoniosa. Tanto me doy, me fatigo, me arrastro y me desgasto que no veo que instante de liberarme de esa prisión tan querida. Y si no llega mi propio cansancio, llega el del otro, hastiado ya de tanta exaltación y presunta genialidad, y se va en busca de alguien que es como soy yo con la gente que no me interesa.
Para cada persona el infierno es algo diferente,
o cada uno tiene su propio infierno particular. Mi
descenso al nivel irracional de la existencia, donde se
vive por puro impulso, para fantasía y, por
consiguiente, pura locura. No, eso no es el infierno.
Cuando estoy allí tengo tan poca conciencia del dolor
como un hombre borracho; o mejor, mi dolor es una alegría.

Sólo al recuperar la conciencia siento un dolor
indecible...
Sé bien, sé bien que estoy en el fondo de la fosa;
que todo aquello que toco ya lo he tocado;
que soy prisionero de un interés indecente;
que cada convalecencia es una recaída;
que las aguas están estancadas y todo tiene sabor a viejo;
que también el humorismo forma parte del bloque inamovible;
que no hago otra cosa que reducir lo nuevo a lo antiguo;
que no intento todavía reconocer quién soy;
que he perdido hasta la antigua paciencia de orfebre;
que la vejez hace resaltar por impaciencia sólo las miserias;
que no saldré nunca de aquí por más que sonría;
que doy vueltas de un lado a otro por la tierra como una bestia enjaulada;
que de tantas cuerdas que tengo he terminado por tirar de una sola;
que me gusta embarrarme porque el barro es materia pobre y por lo tanto pura;
que adoro la luz sólo si no ofrece esperanza.